Ha caído la noche, las gotas caen y suenan en el techo. Hoy ha llovido mucho, casi tanto como te he pensado.
Estás lejos, siento el lado de tu cama helado. Y aunque te busqué con el pie, lo único que encontré fue el peso de Sansa acostada en tu rincón, con su cabeza oliendo tu almohada. Si, tu almohada, a las que le puse tus poleras para sentirte más cerca, y tener la ilusión de tu presencia a mi lado. No soy la única que te extraña.
En la noche Sansa se pone a ladrar, se para en la puerta y te juro que me da terror que algo, que no sea un gato o un ratoncillo, ande afuera merodeando. ¡Es tan distinto cuando estás aquí! Cuando tu estás en casa, no me da miedo que las cortinas estén abiertas, o que las luces estén apagadas, o salir en la noche en la inmensidad de la oscuridad. Con solo tomarte de la mano y escuchar las ranitas croar a lo lejos, me basta para sentir mi existencia completa.
Anoche no tuve tanto miedo, creo que fue porque le pedí a Jesus que me acompañara, que no me dejara sola, que protegiera a mis hijas y a mi. Que la noche estuviera tranquila, que me tomara de la mano y se llevara mis miedos. Le pedí que te cuidara, que no te dejara pasar hambre, que no te quedaras dormido pasando frío, que llegaras sano y salvo, que todo esté bien. Él estuvo aquí y también estuvo contigo, llegaste bien a tu destino.
Sé que hace tiempo no te escribo. Que paso más tiempo frente al computador/celular o quejándome de lo que no hacemos. A veces me gusta echarle la culpa a las hormonas, pero es mi mente la que extraña algunas cosas que hacíamos cuando éramos más jóvenes... cuando éramos más libres, cuando nuestros pasos eran más pequeños pero también más evidentes. Hoy parece todo tan lejano y pesado ¿no te parece?
Anoche también recordé a mis abuelos ya fallecidos. Pensé en el amor a su modo y en las mil y una preguntas que no hice, en las manos que no tomé, y en las miradas que no les regalé. A veces uno extraña a las personas cuando no las tiene, por eso hay que aprovecharlas, porque el tiempo se escinde como la luz de una estrella fugaz, sólo brillan intensamente en un instante.
Por eso miro a los ojos a mi Sansa, le acaricio la guata a mi Martina, porque pienso en lo que voy a extrañarlas cuando ya no estén... así como te extraño a ti ahora.
Sigue lloviendo, tengo un poco de frío, hoy no he prendido mucho la estufa, he tomado harto café... pero extraño llevarte un rico a tu escritorio y escucharte discutir con la manga de inservibles con los que trabajas.
Lamento mis mañas, es que a veces necesito cosas de ti que ni siquiera sé que son, o que el algoritmo de Instagram injerta en mi mente perdida sin deseo o pasión que guíe mi norte... y siento (en mi no sé que tan alterada percepción) que ya no me quieres, que ya no te gusto. Que me he puesto vieja (ya no en la mente, si no en el cuerpo), que soy fea, quejona, autista, pero aún tan independiente y lo suficientemente soberbia para encerrarme en mi mundo y mantenerme lejos para que eso que quiero de ti y que no me das, no me hiera más de lo que ya hace.
Extraño que me abraces en la noche y me digas que "este es el mejor momento del día" mientras haces unas rayitas en la planta de mis pies. Extraño sentirte respirar fuerte antes de dormir, o que me des un tirón y me abraces porque tienes frío. Sé que te digo que no me gusta, que me carga. Pero en tu ausencia sólo la lluvia golpeando las ventanas llena tu vacío.
Vuelve pronto, vuelve sano, vuelve.
Te amo.